Creo que todo el mundo tiene un lugar que considera el mejor del mundo, donde se siente realmente en su casa, protegido y arropado por la gente que quiere, donde los problemas del día a día no entran y donde le gustaría volver para quedarse el resto de su vida. Para mí ese lugar tan especial son las montañas que rodean los valles de San Vito de Cadore y Cortina d’Ampezzo, uno de los puntos más bonitos de la cadena de los Dolomitas. Para mí es muy duro estar tan lejos y cada vez que pienso en las maravillosas paredes, los lagos azules, los pastos verdes y los majestuosos picos me entra una profunda melancolía.

Hace 10 días mi amigo Stefano me envió un correo que tenía como asunto algo que para mí ya era muy explicativo: rozes… Abrí el correo lleno de emoción y vi que tenía adjunta la foto de la mítica Tofana. Ya no tenía dudas. No necesitaba seguir leyendo para saber que ese amigo mío había realizado un sueño que llevaba dos años persiguiendo: ¡¡¡había llegado a la cima de la Tofana di Rozes escalando la cara sur por la vía Eötvös - Dimai!!!

Es difícil que pueda describir lo que sentí y sobre todo explicar el porqué de esas emociones.

Hace ya 4 años empecé con Stefano a conocer el mundo de la escalada. Con mis padres había aprendido a amar las montañas, había descubierto el gusto por las excursiones y la alegría que se siente al llegar a las cimas, había probado lo que es dormir en una tienda de campaña o bañarse en un lago a más de 2000 m sobre el nivel del mar, había conseguido trepar por las montañas por las vías ferratas y aprendido a esquiar… en pocas palabras me habían preparado para dar el salto al mágico mundo de la escalada.

Empecé entonces a buscar la mejor manera para empezar esa actividad que me fascinaba pero que al mismo tiempo temía. Siempre había mirado con profundo respeto a esas personas que veía acercarse a las paredes con arnés, casco, pies de gato y pocos hierros más y me preguntaba como podían hacer algo tan valiente.

Me presenté una noche en la sede del CAI de Treviso y conocí al mítico Bruno que me dijo: “Si quieres mañana quedamos en el centro de Treviso, te llevo a comprar unos pies de gato y el sábado empezamos en Schievenin. No podía creerlo, ¡estaba muy cerca de probar lo que es escalar!

Ese año fui casi todos los sábados a escalar con los fantásticos chicos del grupo SuDret. Cada vez mejoraba un poco más y, antes de que empezara la temporada de verano, quise apuntarme a un curso del CAI como forma de agradecimiento por sus enseñanzas. Allí conocí a Stefano, Claudio y Paola y los cuatro nos enamoramos de la escalada.

Las cosas desgraciadamente cambiaron a partir del septiembre siguiente. Tomé la decisión de aceptar la propuesta de mi empresa de seguir el cliente que teníamos en Vigo y empecé a pasar cada vez más tiempo en España, yendo y volviendo de Vigo a Madrid, siguiendo hacia Venecia para luego regresar una vez más a España. Mis amigos fueron aprendiendo técnicas cada vez más avanzadas y llegaron a realizar vías muy bonitas en montañas fantásticas. Por mi parte yo no pude seguir progresando sino que me limité a buscar un rocódromo donde entrenarme en Vigo (con unos chicos muy majos) pero sin tener el tiempo para hacerlo con constancia.

Cada vez que nos veíamos en Italia, Stefano me hablaba de su sueño de escalar la Tofana de Rozes y eso despertaba en mí muchos recuerdos de mi juventud en los Dolomitas. De pequeño era el más “quejica” de los hermanos cuando íbamos de excursión. Mi padre se cansaba pronto de mí y me dejaba atrás con mi madre que, con mucha paciencia, me hacía llegar hasta la meta. Sinceramente no recuerdo exactamente como fue, pero eso empezó a cambiar la primera vez que, con ellos, mis hermanos y mi primo, subimos a la cima de la Rozes.

Tenía entre 5 y 6 años y esa montaña mágica con forma de pirámide me fascinaba. Me acuerdo que fuimos hasta el refugio Giussani con varios amigos y yo pensaba que ese iba a ser el destino final para ese día.

Cuando ya habían pasado varios minutos desde que habíamos llegado allí vi que mis padres se estaban preparando para ponerse otra vez en marcha. No recuerdo los detalles pero sé que junto a ellos se estaban preparando mis hermanos Nicola y Diego y mi primo Roberto. No sé si me lo preguntaron o si di por hecho que yo también iba a seguir pero sé que me encontré a trepar por ese camino de piedras que poco a poco nos llevó hasta la base de la pirámide final y luego hasta la cruz de la cima. Me sentía un héroe. Veía a los escaladores que habían llegado hasta allí y me sentía como ellos. No pensaba que probablemente había alguno que había conquistado la cima por vías de escaladas. La emoción que probé estando allí arriba es imposible de describir. Me sentía feliz, libre, realizado y muy sereno.

Creo que allí empezó mi conversión a la montaña que se completó pocos años después. Creo que tenía alrededor de 9-10 años cuando mis padres me propusieron volver otra vez a la Tofana pero esta vez por una vía ferrata maravillosa: la Lipella. Fue increíble!

Pasamos por el túnel del Castelletto, 500 metros de largo y construido dentro de la montaña por los soldados italianos para sorprender a los austriacos durante la Primera Guerra Mundial. Pensar en esos chicos que en pocos meses han llevado a cabo una empresa tan valiosa me pone la piel de gallina. Es increíble que ese sitio pueda ser para mí el lugar más bonito del mundo cuando para ellos fue una pesadilla donde combatieron una guerra sin sentido, muriendo más a menudo por el frío y las condiciones imposibles en las que vivían que por los disparos de los enemigos.

Con esa edad todavía no pensaba mucho en esas cosas sino que me centraba en la luz de mi pila frontal, en la pendiente empinada que teníamos que subir y en lo emocionante que era sentirse un escalador. Saliendo del túnel ya empezaba la ferrata propiamente dicha con una travesía horizontal sobre la Val Travenanzes. El panorama quitaba el aliento.

A partir de allí mis recuerdos se confunden; ese mismo tramo lo hice varias veces y no sabría asociar algún momento especial a esa primera realización de la excursión. Tengo pero muy clara en la mente mi sensación al final del día. Me sentía otra vez realizado, feliz, tranquilo y ya empezaba a tener claro que esa vida me encantaba.

Todavía no sabía exactamente por qué ese mundo me atraía tanto pero me daba igual: amaba las montañas y amaba mi estado de ánimo cuando me encontraba paseando por los Dolomitas.

Le debo mucho a la Tofana de Rozes. Allí aprendí lo que quiere decir llegar donde no todos pueden llegar, respirar aire limpio y admirar las maravillas que nuestro Señor ha realizado.

Por eso entendía perfectamente el sueño de Stefano: más de 1000 m de una escalada que te lleva dentro del anfiteatro de la cara sur de la montaña, llegando a perderte dentro de esa inmensa pared que te acoge y que te guía hasta la cruz de la cima.

Estoy realmente muy contento para Stefano. Lo ha conseguido y, como me ha puesto en su correo, la puesta de sol que vio a las horas 20:30 desde la cima se quedará clavada para siempre en su memoria y en su corazón.

Ahora esa vía se ha convertido en mi objetivo. Estoy muy lejos de poder conseguirlo porque he engordado, he perdido completamente la forma, tengo una vida desordenada que no me permite encontrar un grupo con el que entrenarme, pero quiero reorganizarme para volver a empezar y no parar hasta llegar a tocar una vez más la cruz de la cima de la Tofana de Rozes y esta vez con arnés y pies de gato.