Prosecco

Pasando tanto tiempo lejos de mi tierra, hay varias cosas que echo de menos. Por supuesto mi familia y mis amigos son lo que más me gustaría tener a mi lado y leyendo mi blog ya os habréis enterado de que daría lo que fuera por tener los Dolomitas más cerca.
Hablando de comida soy sincero, España tiene varios platos que me gustan mucho y también entre los vinos hay varios de muy buen nivel. A pesar de lo rica que está la cocina española siempre hay sabores a los que uno está acostumbrado y que le apetece volver a probar de vez en cuando. Hoy me dió un antojo de Prosecco, un vino blanco típico de la provincia de Treviso, que desgraciadamente no tenía. Hay varios tipos de Prosecco pero todos se producen en la misma zona, en la provincia de Treviso entre los pueblos de Conegliano y Valdobbiadene en una secuencia de colinas que separan la llanura padana de los Dolomitas. Allí se ha creado un microclima ideal para que los viñedos se desarrollen en todo su esplendor representando una parte fundamental del panorama de la zona.

La imagen de las colinas llenas de viñedos con hojas verdes donde destacan los racimos dorados es maravillosa y me recuerda las veces que ibamos con mis hermanos a ayudar para la vendimia a la familia de una prima de mi madre y además de la uva nos encontrabamos con manzanos, melocotenes silvestres, ciruelas… y terminabamos comiendo todos juntos uno spiedo.

Entre los proseccos, mi favorito es el clásico, un vino espumoso que se suele tomar durante los antipastos pero que me encanta también tomado frío en las comidas. Es un vino afrutado y floral, seco y con burbujas, caracterizado por un color paja.

Existen también la versión más espumosa y seca que se toma en las celebraciones en lugar de Champagne o Cava y el tranquilo para los antipastos de tierra y de mar. El Prosecco se utiliza también como base para obtener cocktails muy ricos como el Spritz
o el Bellini que suelen acompañar las “reuniones” de amigos después del trabajo y antes de cenar.